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Gonzalo Suárez, director
05/05/2005 - Ma. José Tellez

El director español, de 71 años, no dio pistas sobre el rodaje de la nueva película que está realizando, pero hizo un repaso de su carrera y analizó el mercado actual.

A lo largo de su obra se podría asegurar que Asturias es su lugar mítico. Allí ha vuelto para rodar lo que ha denominado un documental de ficción, "El genio tranquilo". ¿Podría hablarnos de este proyecto?
No, no puedo hablar de este proyecto. Eso me condicionaría. Estoy en pleno trabajo y me siento como el navegante con viento en las velas, pero todavía no conozco a dónde voy, ni quiero saberlo. Asturias es, desde luego, mi referencia obligada. Me proporciona fuerza e inspiración. Estoy inmerso en una naturaleza que conozco y que me conoce. Al menos, eso me gusta imaginar.

Al principio de su carrera le gustaba experimentar con el montaje, con la estética de la imagen. ¿Se ha vuelto más conservador en este aspecto y ahora vuelve a los orígenes con "El genio tranquilo"?
"El genio tranquilo" es, efectivamente, un ejercicio en plena libertad sin más límites que los medios y el talento.

Realizó estudios de filología francesa, pintura y también trabajó como periodista deportivo ¿Qué lo sedujo del cine? ¿Cómo se produjo su primer contacto con el cine profesional y de ahí aprendió los oficios de guionista, productor, director y actor?
No aprendí ningún oficio. Todavía ahora, al cabo de veinte películas, doscientos spots publicitarios, algunas experiencias teatrales, una docena de libros y otras actividades, la técnica corre detrás de mí sin llegar a alcanzarme. Procuraré que nunca lleve la delantera sobre la inspiración y mi voluntad de aventura.

Tampoco soy muy consciente de cómo y por qué me puse a hacer cine. A los 33 años y de repente. Digamos que fue un impulso irresistible. Ya había publicado algunos libros que gozaban de cierto prestigio y alguno de ellos había sido adaptado al cine.

Comprendí que, si quería no sólo hacer películas sino hacer el cine que quería hacer, debía empezar por buscar el dinero. No fue fácil. Lo conseguí gracias a los informes tácticos que había realizado para el Inter de Milán en su época de mayor esplendor. El presidente Moratti financió "Ditirambo" (1967), gracias a mi obstinación y al apoyo del entrenador Helenio Herrera. Siempre les estaré agradecido.

Pero si en aquel entonces hubieran existido cámaras digitales, me hubiera lanzado al monte como estoy haciendo ahora y como, por cierto, había hecho en el ‘66 con dos cortometrajes en 16 milímetros o, más tarde, con películas como "El extraño caso del doctor Fausto" y "Aoom", ambas en el ‘69.

En toda su carrera se observa una gran implicación en sus películas, un trabajo compacto, global. Desde la idea coherencia, guión, selección de actores, producción, hasta la promoción de la película en prensa y festivales. ¿La de director es la faceta que más le apasiona de todas las que ha cultivado?
Hay aspectos que no me gustan nada, como los de promoción. Me horrorizan. Y, en lo que se refiere a los premios, sólo aprecio aquellos que me dan sin yo buscarlos ni sufrirlos. Por esa misma razón, no quiero ser jurado. Salvo cuando se trataba de darle el Príncipe de Asturias a Woody Allen, por ejemplo. Esa fue una excepción que merecía la pena.

Ud. ha mantenido a capa y espada su visión del cine a pesar de críticas agridulces, lejos de audiencias masivas, sin servidumbres extremas, sin ceñirse a las leyes de mercado y, sin embargo, siempre ha conseguido financiación, respaldo para sus proyectos. ¿Cómo lo consigue?
Es raro, pero siempre he tenido, y sigo teniendo, productores que quieren hacer una película conmigo, aunque no siempre estuvieran dispuestos a hacer la película que quería hacer yo. He tenido suerte. Y, cuando no he encontrado productor, me he encargado de producir yo mismo, aunque me costara años levantar un proyecto.

Tardé 5 años en conseguir realizar "Epílogo", tras abandonar el proyecto de "La colmena", después de escribir durante 2 años el guión, porque no era el tipo de cine que quería hacer. Ya había tenido una experiencia similar con "La regenta" de Emiliano Piedra, al que, por cierto, Pedro Olea había dejado plantado en plena noche porque no aguantaba más las interminables sesiones de preproducción en restaurantes, bares y clubes nocturnos.

Esa fue la razón por la que Emiliano me contrató, de repente y por teléfono, a las 3 de la madrugada. Era un hombre apasionado y genial, un productor
de los que ya no hay. No hay que olvidar que produjo "Campanadas a media noche", de Welles. Pero también era difícil de soportar, y no sólo por su exacerbado vitalismo, sino también por su tendencia a controlarlo todo.

"La regenta" es, quizás, la película menos mía, por ser la única en la que apenas intervine en el guión y me encontré el reparto ya decidido. Me sirvió, no obstante, como ejercicio de realización. También estoy satisfecho de otros aspectos como la fotografía de Luis Cuadrado, la ambientación de Burmann y el vestuario de Miguel Narros.

Curiosamente es "La regenta" la película de su filmografía que ha escogido el diario El País de la colección "Lo mejor del cine español".
Sí, pero estoy enfadado porque es la película que menos me representa, aunque sea una película digna. Creo que El País podía haber elegido otra película de las que no tiene bloqueadas el productor Vicente Gómez. Por ejemplo, "Ditirambo".

Llama la atención que en muchas de sus películas se enfrentan dos opuestos. Rocabruno y Ditirambo, el portero y el guardia civil, Shelley y Byron, Martin Girard y el propio Suárez. Como en la tradición centroeuropea que entronca
con el cine fantástico alemán: el mito del doble, el Golem, Fausto.

Pues sí, se ve que sí. Stevenson decía eso de "por lo menos somos dos o muchos, dependiendo de las circunstancias". La precariedad de la identidad me interesa, me produce cierto vértigo. De hecho, es un tema recurrente en mi obra, aunque ahora empieza a cansarme. De todas formas, no soy yo el que elijo los temas sino más bien, los temas los que me eligen a mí y, a veces, por sorpresa.

¿Qué temas le interesan actualmente?
El "no-tema". El poder aventurarme sin conocer el tema hasta el final. La vida no tiene tema. Está hecha a impulsos, tropiezos y bofetadas. El tiempo se encarga de lo demás. Ese es el Dios más terrorífico de todos. Cronos, o Saturno, devorando a sus hijos es un mito absolutamente real. Ese es el tema donde todos estamos atrapados.

Por lo demás, los temas son, para mí, como el marco del cuadro. Mi ideal siguen siendo los pintores impresionistas y post-impresionistas que, en un momento dado, salen del estudio, con el lienzo debajo del brazo, para pintar al aire libre y la pincelada predomina sobre el tema. Hasta entonces, la pintura se juzgaba por la correspondiente
temática: "La rendición de Breda" de Velázquez o "La balsa de la medusa" de Géricault y, de repente, el tema pasa a segundo lugar y puede ser, simplemente, un campo de trigo, una mesa de billar, refiriéndonos a Van Gogh o una mujer bañándose en un barreño, de Bonnard, tanto da.

Existe una mayor libertad a la hora de percibir y captar, con menos subterfugios, el instante. Por supuesto, sigue habiendo un tema y todavía no hemos llegado a la action painting. Pero la cadencia de la pincelada, y no el prurito de verosimilitud, será lo que de vida al lienzo. Dicho ésto, no soy partidario de la pincelada por la pincelada, ni de la imagen por la imagen, ni siquiera de la vida a secas. No soy partidario de nada. Trato de averiguarlo, pero no sentado en un sillón y mirando por la ventana.

Ud. ha dimitido recientemente de su cargo de director honorífico de la Escuela de Cinematografía del Campus de Ponferrada León, por no representar sus criterios docentes y cinematográficos? ¿Cómo debe ser una escuela de cine para que merezca la pena estudiar en ella?
Pretendían utilizar mi nombre como señuelo. Se equivocaron. Debieron haber utilizado el de alguien muerto. Uno no puede prestarse a ser director honorario en vida, y dejar hacer sin hacer nada a los que todavía hacen menos y peor.

¿Cree que el cine está de moda? ¿Hay una eclosión de estudios de cine, cursillos de guión?
Sí. Y, frecuentemente, los alumnos son víctimas propiciatorias. Pero de ellos también es la responsabilidad. Se les puede engañar en un curso, pero no en el siguiente. Y, en determinadas circunstancias, también cabe admitir que es mejor estudiar lo que sea a no estudiar, porque siempre se aprende a decantar lo que verdaderamente te interesa.

¿Cómo describiría su lenguaje cinematográfico? ¿Qué recursos suele emplear?
Me gusta que los planos tengan la cadencia de la buena prosa, sin delatar las veleidades de la obvia poesía. Prefiero sugerir a describir. Me gusta rodar montando, y no precisamente a caballo. Pero me encantaría, aún más, montar rodando, si eso lo pudiera hacer a caballo. El rodaje debería ser siempre una plenitud, un momento extraordinario donde confluye el pensamiento con la acción.

¿Qué piensa cuando se refieren a Ud. como escritor que hace cine? ¿Considera que su prosa es fílmica y sus filmes literarios?
Desde que Julio Cortázar dijo de mí eso de "escritor que hace cine o cineasta que escribe", nadie se aventura más allá. Como si yo fuera el único que ha hecho eso, y eso eximiera de entender otra cosa. Pues, bueno, a mí me es igual. No uso bata de escritor, ni frecuento escritores. Tampoco bailo con cineastas. Cuando hice periodismo me negué a que me dieran un carné, cosa que todo el mundo perseguía. Sólo tengo el de identidad, hasta hace poco archicaducado, y el de conducir. Pero no me identifico con el tipo que va al volante, ni con el que hace cine, ni literatura. Son, sencillamente, maneras de conducir sin carné por la vida.

En todas sus facetas ha apostado por una serie de valores abstractos o ideas que pueden afectar a la visión del mundo del espectador. ¿Cuáles son esos valores que ha querido transmitir?
Lo que no me gusta de determinado teatro, o de muchas películas, es la tesis. Apenas comenzar, ya sabe uno de qué va. Y, por si no lo sabes, te lo reiteran. De forma que, al terminar, el público se siente intelectualmente halagado porque ha entendido. ¿Cómo no? ¡Si en el transcurso de una o dos horas no le han dicho otra cosa! Yo no trato de transmitir valores o ideas. No soy predicador. Las ideas se desprenden de lo que hago cuando alguien las coge del árbol. Y, en lo que se refiere a los valores, sólo me gustaría tener siempre el valor de vivir.

Con la adaptación al teatro de "Arsénico, por favor" Ud. declaró: "Quería por una vez en mi vida divertir al público". ¿Cómo se imagina a su audiencia?
En literatura, en cine o en teatro, siempre me dirijo a una persona desconocida. Pienso, en él o en ella, individualmente, de uno en uno, aunque sumados sean muchos más. Cuando me hablan del público, pregunto: "¿Quién es el público?". ¿Alguien ha conocido a alguien que fuera el público? A mí, personalmente, no me lo han presentado nunca y no me gustaría ser catalogado como tal. Así pues, intento tratar a los demás como quiero que me traten a mí. Como a una persona, supuestamente pensante y probablemente en el ejercicio de mis capacidades mentales.

¿Podría expresar su opinión por el cine comercial, por el cine americano de grandes masas?
No podemos generalizar. Oigo, a menudo, hablar del cine americano como si todo se redujera a las películas de efectos especiales y como si los efectos especiales implicaran que las películas fuesen necesariamente peores, como si el rayo de luz de "Milagro en Milán" no dejara de ser un efecto muy especial. Todo el cine es efecto especial. Desde los Lumière hasta Meliès.

Acabo de ver una película americana que me ha gustado mucho, "Descubriendo nunca jamás", y otra alemana que me ha impresionado, "El hundimiento". Me ha parecido antigua y deliciosa la reciente francesa "Los chicos del coro" y admiro a directores españoles y de otras nacionalidades que no voy a enumerar.

Deduzco que en cine, en literatura, en pintura, en música, el arte no tiene nacionalidad. Y del cine americano bastaría mencionar, al buen tuntún, "La noche del cazador" de Charles Laugthon, "El tercer hombre" de Carol Reed o "2001: una odisea en el espacio" de Stanley Kubrick para recapacitar.

Pero ya no tenemos tiempo. Todo se ha acelerado. Los atletas corren y saltan más, los boxeadores y los actores son mejores ahora, aunque interesen menos, las películas se suceden a tal velocidad que ya hace años que se ha hundido el Titanic y, dentro de un cuarto de hora, los críticos habrán superado sus estremecimientos ante "Million Dollar Baby". Con los libros y con las películas, la inflación es galopante.

¿Tiene que ver con la globalización, con los medios, la televisión?
Supongo. Me desfondo moralmente cuando se reclama que se hagan más películas porque, al parecer, no se hacen suficientes. Lo comprendo, pero me siento desmoralizado. De las 120 españolas que hayan hecho el ultimo año, no he visto más de una docena y no conozco más allá de una veintena de títulos.

Es terrible. Cada dos meses, salen tres libros que son lo mejor de la década, cuando no alguno, de vez en cuando, que se erige como el mejor del siglo pasado. Estamos en una edad de oro jamás acontecida. Por fortuna, no es necesario leerlo todo, basta con los artículos y las entrevistas del periódico de turno para poder considerarse al día. Basta con nombrar al autor y el título para adquirir la erudición imprescindible.

¿Una cultura de consumo?
Llamémoslo cultura. Yo, más bien, citaría a Sancho Panza: "Mi amo es el que da de comer a los que tienen sed y de beber a los que tienen hambre". Ahora, nos dan lo que quieren darnos y en el momento en el que nos lo quieren dar, sin que a penas tengamos opción de elegir, de buscar, de encontrar. Me parece que ha llegado el momento de ejercer el criterio personal, si se tiene, para contrarrestar la opinión que, con toda impunidad, pasa de mano en mano como propia cuando, en realidad, suele ser gregaria y residual.

Byron dice en un momento de "Remando al viento": "Para corazones que laten con vida, el reposo es el infierno". En alguna ocasión ha declarado que si hay algo peor que la muerte, eso es el tedio, el aburrimiento.
Una frase de "El roedor de Fortimbrás", que cita frecuentemente Pedro Almodóvar, dice algo así como: "La peor de las enfermedades es el aburrimiento, porque te permite seguir vivo después de muerto". Pero ahora hay muchos muertos vivos a los que ni siquiera se les concede el privilegio de aburrirse.

Sobre Gonzalo Suárez

Nace en Oviedo (1934) con la revolución minera. En el '36 la guerra le sorprende en Madrid donde su padre, catedrático de francés, había ido a presidir unos exámenes. Hasta los diez años no va al colegio. Es su padre quien se ocupa de su instrucción.

En el '51 estudia Filosofía y Letras en Madrid, escribe obras de teatro y protagoniza, entre otras, "El momento de tu vida" de Saroyan, "Medea" de Eurípides y "La tempestad" de Shakespeare. Influenciado por la vida y obra de los impresionistas se dedica con obsesivo entusiasmo a la pintura. Abandona los estudios y marcha a París donde realiza trabajos eventuales.

En el '58, llega a Barcelona con su mujer, practica el periodismo con el seudónimo de Martin Girard. A pesar de su creciente éxito, deja el periodismo y publica sus primeros libros, que suponen una ruptura con el naturalismo en boga. Algunos de sus relatos son adaptados al cine y, en el '66, inicia su obra cinematográfica. A partir de ese momento, alternará ininterrumpidamente libros y películas.

Filmografía seleccionada de Gonzalo Suárez

"El portero" (2000)
"Mi nombre es sombra" (1996)
"El detective y la muerte" (1994)
"La reina anónima" (1992)
"Don Juan en los infiernos" (1991)
"Remando al viento" (1987)
"Los pazos de Ulloa" (1985)
"Epílogo" (1984)
"Reina zanahoria" (1978)
"Parranda" (1977)
"Beatriz" (1976)
"La regenta" (1974)
"La loba y la paloma" (1973)
"Al diablo con amor" (1972)
"Morbo" (1971)
"Aoom" (1969)
"Doctor Fausto" (1969)
"Ditirambo" (1967)




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