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"Vete y vive", de Radu Mihaileanu 06/12/2005 - chc
En 1984 miles de judíos etíopes llegaron por primera vez a Israel. Este filme cuenta la historia de un niño que abandona a su familia biológica para instalarse en la tierra prometida, sin abandonar sus raíces.
Estreno en España: 23 de diciembre.
Sinopsis
1984. Miles de refugiados africanos procedentes de veintiséis países llegan a los campamentos de Sudán. A instancias de Estados Unidos e Israel se ha puesto en marcha un vasto proyecto (Operación Moisés) para llevar a los judíos etíopes (falashas) a Israel.
Una madre cristiana convence a su hijo de nueve años para que diga que es judío y así salvarle de la hambruna y de una muerte segura.
El niño llega a la Tierra Prometida. Oficialmente es huérfano y le adopta una familia sefardí francesa afincada en Tel Aviv. Crece con el temor de que descubran su secreto, no es judío ni huérfano, sólo es negro.
Descubrirá el amor, la cultura occidental y el judaísmo por un lado, y el racismo y la guerra en los Territorios Ocupados por otro. Se convertirá en judío, israelí, francés y tunecino, una auténtica torre de Babel humana.
Pero nunca olvidará a su auténtica madre, la que se quedó en el campamento, y siempre soñará con encontrarla de nuevo.
Entrevista con el director
¿Cómo nació el proyecto?
Como todas mis anteriores películas,"Vete y vive" nació a partir de la idea del combate que debe llevar a cabo el ser humano para liberarse de sí mismo, para dejar atrás el pequeño caparazón que le protege. Dicho así, parece muy teórico y reflexionado, pero yo sólo me dejo llevar por las historias que me emocionan, que me escogen como yo las escojo a ellas. Necesito meter a mis protagonistas en situaciones con un fuerte dramatismo para obligarme a hacerme preguntas que me parecen esenciales.
¿Cómo nació la idea de hablar de los falashas?
Me acordaba de la "Operación Moisés" y de la repatriación de los judíos etíopes a Israel en 1984/85, pero no tenía conciencia de la enormidad de esta aventura humana. Quizá fue una de las más complejas del siglo XX por las preguntas que suscitó. Conocí a un judío etíope en un festival de cine en Los Ángeles y entendí que los falashas sólo hacían el papel de figuración en este asunto cuando, en realidad, eran los protagonistas. Me contó su epopeya, el viaje andando hasta Sudán donde su vida peligró, los campos de refugiados, la acogida en Israel. Me emocionó mucho y también me sublevó el hecho de que no se hablara más de esto.
¿Tuvo que investigar mucho?
Reflexiono varios meses, incluso años, antes de desarrollar un proyecto. Al cabo de un tiempo, es como si el tema me cogiese de la mano y me llevara consigo. En ese momento, suelo escribir una sinopsis de una diez páginas, y Alain-Michel Blanc, mi coguionista y yo, empezamos a investigar. Para "Vete y vive", hemos leído mucha documentación y hemos hablado con algunas de las personas implicadas en la "Operación Moisés": etíopes, miembros del MOSAD, del Ejército de Tierra y de las Fuerzas Aéreas, sociólogos, historiadores. También entrevistamos a Gadi Ben Ezer, el único psicólogo que ha sabido traspasar el misterio del alma etíope, y a varios etíopes no judíos que viven en Israel clandestinamente. Grabamos muchísimas horas de entrevistas de gran riqueza que alimentaron la ficción e inspiraron algunos de los diálogos.
La historia de los falashas tiene una dimensión religiosa, política y mítica.
La película intenta traducir esa triple dimensión. El mito tiene un lugar de importancia en todo lo que rodea a los falashas ya que se sigue diciendo que son los descendientes de una unión entre la reina de Saba y el rey Salomón. Pero su auténtica leyenda es bíblica, ya que son los únicos que todavía siguen los dictámenes de la Torá original. La primera vez que vi fotos suyas, pensé en Moisés. Tuve la impresión de que venían de otro mundo.
Siempre pensaron que llegarían a Jerusalén ya que está escrito en la Torá que regresarían a Tierra Santa en las espaldas de una inmensa águila, por eso no les asustó subirse a un avión.
El protagonista se llama Schlomo como en "El tren de la vida", ¿es una coincidencia o fue hecho a propósito?
Un periodista americano me preguntó si el Schlomo de "El tren de la vida" sobrevivía ya que la película acababa con él en un campo de refugiados, antes del fin de la guerra. Hasta entonces, nunca me había hecho esa pregunta y le contesté que mientras no le olvidásemos, sobreviviría. No le he olvidado, ha dejado el campamento bajo la forma de un niño.
Háble de la estética de la película.
La película debía ser en parte documental para respetar al cien por cien la realidad histórica, además de darle un carácter épico para que los personajes fueran seres excepcionales. Pero no quería convertir los sufrimientos de esta gente en espectáculo; tampoco podía enseñar un campo de refugiados con miles de personas muriendo. Por eso, más que enseñar, he intentado sugerir. La única forma de evocar la dureza del campamento es enfocar el rostro de la madre cuyo hijo acaba de morir. Se puede entender la realidad del campamento a través suyo.
Por otra parte, y a pesar de rodar en Scope, quería estar muy cerca de los personajes, sobre todo del niño. Conseguimos rodar a su altura para adoptar su punto de vista.
Enfoca mucho los rostros, la piel.
Quería que la película fuera táctil. La piel tiene un papel fundamental en toda la película, aunque sólo sea porque el niño es negro y está en una sociedad blanca, como lo demuestra la escena en que la madre adoptiva, interpretada por Yael Abecassis, le lame la cara y los granos para defenderle contra el racismo. Sólo así podrá convencer a los demás de que una piel negra no es portadora de enfermedades o peligros.
¿Está de acuerdo en que es una película que gira alrededor del cordón umbilical, de la unión fundamental con la madre?
Desde luego. La película gira alrededor de la búsqueda desesperada de la madre, y habría podido llamarse "El niño de las madres". Schlomo tiene la suerte de conocer a cuatro madres excepcionales. La primera, una madre capaz de decir "No es hijo mío" para salvarle; la segunda, una judía etíope, que encuentra una razón de vivir acogiendo a Schlomo y alejándole de la muerte; la tercera, la madre adoptiva procedente de otra cultura que se acerca a él; y la última, Sarah, la mujer enamorada que, al convertirse en madre, acaba por entenderle y le manda de vuelta a la primera madre.
Vuelve al tema del "buen impostor" que está en todas sus películas.
Me cuesta explicarlo. Puede que se deba al hecho de que mi padre se apellidaba Buchman y tuvo que cambiar de apellido durante la II Guerra Mundial para sobrevivir. Se convirtió en Mihaileanu para pasar desapercibido durante el régimen nazi y luego, el estalinismo. Creó un conflicto en mi interior. También me dolió que me consideraran como un extranjero, tanto en Rumania como en Francia. Quizá por eso mis personajes lo pasan muy mal al principio y dicen ser lo que no son, intentando liberarse de sí mismos y lanzar un puente hacia los demás.
Además de describir la trayectoria de Schlomo, reflexiona sobre los últimos veinte años en Israel.
Yael Abecassis me dijo algo muy exacto: la mirada interior y exterior llena de ingenuidad, de frescura, de un niño que no es ni judío, ni israelí, ni palestino, pero que lo es todo a la vez, es en realidad la mía. Schlomo escapó de las garras de la muerte y se hace las mismas preguntas que me hago yo. Schlomo cree que estos dos pueblos que se enfrentan, el judío y el palestino son las víctimas, como él, de un conflicto que ya no controlan. No puede juzgar el conflicto desde un punto de vista político, sino humano. No puedo juzgar veinte años de historia de un país desde la política; sólo puedo hacer preguntas sobre consecuencias humanas microscópicas.
Denuncia una especie de "apartheid" en el seno de la sociedad israelí referente a los negros que acaban de llegar.
Israel, como cualquier otro país, tiene varias caras. Hay gente que acoge a los etíopes con los brazos abiertos como lo hace la familia adoptiva de Schlomo, el comisario de policía, Sarah, mientras que otros los rechazan. No acuso a Israel de racismo, sólo a algunos de sus habitantes. A menudo se pide a Israel que se comporte de forma excepcional, que sea una Tierra Santa, pero olvidamos que lo pueblan seres humanos con cualidades y defectos como en cualquier otra parte.
¿Cómo ha enfocado la religión en la película?
De diversos modos. Denuncio a los fanáticos que decidieron convertir a los etíopes al judaísmo, a la fuerza, a pesar de un éxodo de lo más trágico en el que hubo 4.000 muertos sólo por hacer realidad el sueño de llegar a Jerusalén. Alejados del mundo, los falashas creyeron durante 2.000 años que eran los únicos judíos. A pesar de su soledad, defendieron y perpetuaron su gran diferencia. La humillación que sufrieron por parte de los fanáticos todavía no está del todo curada. También hablo de los moderados a través del rabino de Schlomo, el Qes y, sobre todo, de la controversia talmúdica. Me parece interesante cuestionar la religión en cuanto a la interpretación, no al dogmatismo, porque accedemos al plano espiritual y dejamos el político.
¿Era importante que la familia que acoge a Schlomo fuera de izquierdas?
Sí, porque añadía un toque humorístico gracias a un cierto malentendido. La familia imagina que Schlomo es judío practicante, muy religioso, y Schlomo no puede decirles lo contrario. Aquí tenemos a una familia de izquierdas dispuesta a hacer todo lo posible para Schlomo sin por eso esconder que son ateos.
Además, quería mostrar la otra cara de Israel. Me refiero a la gente de izquierdas que buscan la paz y deben hacer frente a un dilema: irse para evitar a sus hijos otra guerra en la que no creen, o quedarse para hacer frente a los halcones.
¿Por qué hizo un personaje positivo del policía al que Schlomo se confiesa?
Schlomo no se atreve a contar su secreto a la gente que le rodea. Me divirtió la idea de que se lo confesara a los "malos", la prostituta y el poli. No quise que el policía fuera negativo para no caer en un lugar común; es parte de los israelíes que quieren a los etíopes y que los ven a diario. Quería que se enojara cuando Schlomo se rinde. No tiene un papel muy grande, pero me gusta mucho.
Aunque sea una película dramática, el humor es constante.
Para mí, la buena comedia siempre tiene raíces en la tragedia. Creo en el equilibrio entre la perfección y la imperfección. La una se alimenta de la otra, la una no puede vivir sin la otra. Me gusta la imperfección sublime de la vida. El humor es una bofetada al fascismo y al oscurantismo, es el arma del débil, del pobre, una forma de engañar a la muerte con chispas de vida, de echar a la barbarie. Sólo puedo salir del melodrama, volver a la superficie, gracias al humor.
La historia que cuenta no tiene nada que ver con el anverso del Holocausto.
Israel, un país de 21.000 kilómetros cuadrados, intentó salvar a los etíopes que podía salvar. Eso no significa que condenase a los demás, a los que se quedaron en los campos de refugiados sudaneses. Es muy fácil acusar a Israel de haber hecho una selección, pero ningún otro país abrió sus puertas a los cristianos y a los musulmanes que morían por decenas de miles. Salvar a los judíos etíopes no tuvo nada que ver con el Holocausto donde los nazis seleccionaban a los que mandaban a morir.
Hable de la iluminación y de los colores.
Para la primera parte, en los campamentos, quería que la película fuera más bien monocromática, con tonos grises, amarillo arena, verdosos. Además, allí, el sol lo decolora todo, la vida, la ropa, las tiendas. La película no adquiere brillantez hasta la llegada a Israel cuando el niño se ducha. El agua refleja la luz y eso le sorprende, la vida vuelve. Se pasa progresivamente al color que invade la película durante la adopción.
¿Cómo escogió a los actores?
Lo más difícil fue encontrar a los tres que interpretarían a Schlomo, sobre todo al más joven. Debía ser simpático, buen actor y hablar tres idiomas. Nos dimos un plazo de cuatro meses para encontrarle. Le buscamos en Francia, Etiopía, Djibuti e Israel. Luego hubo que encontrar a los otros dos, que además debían parecérsele. Queríamos actores muy naturales. Tuve mucha suerte; Sirak, el actor que interpreta a Schlomo adulto estaba siempre a mi lado, aunque no tuviera que rodar, para ayudarme con los dos más jóvenes y crear una unión. Esta película ha sido posible gracias a él.
En cuanto a Yael Abecassis, hace doce años al menos que la admiro y que soñaba con rodar con ella. No es casualidad que su personaje lleve su nombre. Es tremendamente generosa, una gran actriz, una madre como no las hay, una ciudadana de verdad, preocupada y desgarrada por la situación de los israelíes y de los palestinos.
Para interpretar a su marido, necesitaba a un actor francés que fuera apuesto, creíble cuando hablara sefardí, y que también hablara hebreo. Escogí a Roschdy Zem por sus cualidades como actor y como ser humano. Habla árabe y no le costó aprender hebreo. En su primera escena en hebreo, tiene un largo monólogo, y todo el equipo israelí le aplaudió. Roschdy hace el papel del personaje que encarna a Israel: es apuesto y seguro de sí mismo al principio de la película, está casado con la más guapa del mundo, pero cuando se enfrenta a una grave crisis económica y moral, le invaden la duda y la depresión, cae en el abismo.
La música tiene grandes dosis de lirismo.
A mi modo de ver, la música encarna la parte invisible de un personaje o de una película. No me gustan las músicas ilustrativas redundantes en relación con la imagen.
El compositor Armand Amar, que también trabaja para Costa-Gavras, ha sabido ser minimalista para adaptarse al estilo documental, y mucho más amplio, más épico, en las escenas líricas. La genialidad de Armand fue mezclar las voces, el chelo y los sonidos rugosos e imperfectos del duduk, un instrumento armenio tradicional, con una orquesta clásica. El duduk representa muy bien a África y la nostalgia de la tierra; la voz cuenta la odisea de una mujer que busca a su hijo; el chelo expresa la locura de la guerra, la injusticia de los campamentos, y la orquesta nos lleva a la civilización occidental. La música es una metáfora de la profunda mezcla de identidades de Schlomo. Por muy diferentes que sean los instrumentos y los elementos, gracias a este niño que va creciendo, componen una sinfonía.
Acerca de los judíos de Etiopía y la "Operación Moisés"
Hace unos 20 años, los judíos de Etiopía irrumpieron en la escena mediática mundial cuando se supo acerca de su increíble éxodo desde Etiopía hacia Israel vía los campos de refugiados de Sudán, un país musulmán.
A instancias de Israel y Estados Unidos, a partir de noviembre de 1984, empezó la “Operación Moisés” que duró hasta enero de 1985 para llevar a los judíos etíopes a Israel cuando por fin se reconoció que eran descendientes del rey Salomón y de la reina de Saba, poniendo así fin a una larga controversia.
Ninguna comunidad judía ha padecido una emigración tan dramática hacia Israel. Ningún otro pueblo de la Diáspora, sufrió tanto como los falashas a través de esta verdadera "huida de Egipto", para jurar fidelidad al pueblo de Israel.
Los judíos etíopes dejaron su país a escondidas del régimen prosoviético de Mengistu que les prohibía emigrar, y cruzaron las montañas a pie hasta los campamentos de Sudán, un país en el que no podían decir que eran judíos o les matarían. Allí les esperaban los aviones para llevarlos a Israel.
En los años ochenta, miles de africanos huyendo de la hambruna, procedentes de veintiséis países, se desplazaron hasta los inmensos campamentos instalados en Sudán; había cristianos, musulmanes y judíos clandestinos.
Este primer puente aéreo salvó a 8.000 judíos etíopes, aunque 4.000 murieron asesinados, torturados, de hambre, de sed o de agotamiento en el camino entre Etiopía y Sudán.
Después de la caída del régimen militar comunista etíope en 1991, tuvo lugar una emigración masiva desde la capital Addis-Abeba mediante otro puente aéreo. Organizada por Israel, la llamada "Operación Salomón" llevó a 15.000 judíos etíopes a Israel en 36 horas.
Actualmente, la comunidad etíope israelí cuenta con más de 90.000 miembros. Pero, ¿quiénes son estos judíos etíopes?
Los judíos etíopes tienen una particularidad única: son los únicos judíos entre los negros africanos, y los únicos negros entre los judíos, en toda la historia de la humanidad. Se les conoce también como los falashas, una palabra procedente del antiguo etíope que significa "extranjero", "sin tierra". Al igual que los judíos del Este de Europa, los judíos de Etiopía fueron considerados durante mucho tiempo extranjeros a los que se les prohibía tener tierra. Para ellos, falasha es un término peyorativo. Se llamaban a sí mismos "Beta Israel", lo que significa "La casa de Israel".
Desde la noche de los tiempos, los judíos etíopes soñaban con regresar a casa, a la Tierra Santa, a Jerusalén. Los ancianos tenían por costumbre bendecir a los niños con la frase: "el año próximo, en Jerusalén".
Las fuentes del judaísmo en Etiopía siguen siendo un enigma y han dado lugar a numerosas controversias dado que son orales y muy diversas. Algunos defienden la teoría de que son descendientes de judíos que abandonaron Egipto en la época de Moisés, remontando el curso del Nilo hasta el lago Tana, donde nace el Nilo azul, en vez de cruzar el mar Rojo hacia la Tierra Prometida.
Otros creen que son los descendientes de los representantes de las doce tribus de Israel que acompañaron al príncipe Menelik I, fruto de los amores entre la reina de Saba y el rey Salomón (972-932 a.C.), camino de Aksum, la antigua Etiopía. Ésta es la versión más popular, ha alimentado numerosas leyendas e inspirado a muchos artistas, al célebre Bob Marley entre otros.
Otros los identifican con los descendientes de la tribu de Dan, la famosa tribu perdida.
Algunos investigadores no creen que procedan directamente del judaísmo antiguo, sino que son descendientes de poblaciones cristianas que adoptaron la fe judía en los siglos XIV y XV en oposición al expansionismo de los soberanos etíopes apoyados por la iglesia cristiana copta.
Sin embargo, otros investigadores creen en el nexo con el judaísmo primitivo debido a indicios lingüísticos como, por ejemplo, términos judaicos arameos de significado religioso anteriores al cristianismo. Esta hipótesis demostraría que el judaísmo fue anterior al cristianismo en Etiopía, lo que implicaría una población judaizante en el territorio.
Filmografía del director
"Les pygmées de Carlo" TV (2001)
"El tren de la vida" (1998)
"Traidor" (1993)
Ficha
técnica
Francia, Bélgica, Israel, Italia - 2005 Título original: Va, vis et deviens Dirección: Radu Mihaileanu Productora: Elzévir Films, Elzévir Films Productor: Denis Carot, Marie Masmonteil, Radu Mihaileanu, Itai Tamir, Marek Rozenbaum Guionista: Radu Mihaileanu, Alain-Michel Blanc Fotografía: Rémy Chevrin Vestuario: Rona Doron Música: Armand Amar
Ficha
artística
Yaël Abecassis (Yaël Harrari), Roschdy Zem (Yoram Harrari), Moshe Agazai (Schlomo), Roni Hadar (Sarah), Yitzhak Edgar (Qès Amrah), Rami Danon (Papy), Mimi Abonesh Kebede (Hana), Raymonde Abecassis (Suzy)
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