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"Cómo hacer un programa de TV y no morir en el intento", de Carlos Sorín
28/07/2003 - chc

El pasado jueves 24 a las 22hs., Canal 7 (Buenos Aires, Argentina) y el Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales presentaron una nueva emisión de "Ensayo".

"Ensayo" es un programa ideado por Jorge Coscia que propone a un director de cine cada semana, realizar un trabajo ficcional de algo más de 45 minutos para televisión. En esta oportunidad, el turno fue para Carlos Sorín, realizador de la multipremiada "Historias mínimas".

Era la segunda vez que Sorín realizaba para la televisión. La primera había ocurrido en 1987. Entonces, el director había presentado el exquisito "La era del ñandú", un programa que todavía hoy sigue siendo un referente a la hora de marcar los difusos límites entre los discursos audiovisuales hegemónicos: el documental y la ficción. "No siento que vuelvo a la TV porque nunca estuve. No es mi oficio ni tengo ganas de que lo sea. Soy un bicho de cine", aclaró por las dudas el director a "Página 12" (24/7/03).

"Cómo hacer un programa de TV y no sucumbir en el intento" puede ser pensado como una parodia de la televisión y de todos los clichés que la sostienen. La parodia del medio es – sin embargo – prácticamente un lugar común de la televisión actual y el programa de Sorín se destaca precisamente por lo contrario: por su carácter absoluto de novedad. Si la novedad no está dada por lo paródico, ¿en dónde está? Sin dudas, en la búsqueda. "Cómo hacer un programa..." es una reflexión sobre el valor dominante de la idea, entendida como un procedimiento reflexivo y no como un acto de iluminación momentáneo. Es también un tributo a la creatividad, al pensamiento y al esfuerzo, y un homenaje a la improvisación, pensada como una exploración laboriosa, contradictoria y muchas veces dolorosa. Idea, improvisación y creatividad son los latiguillos con los que cierto tipo de televisión construye un discurso de baja calidad y respeto hacia el espectador. En este programa, Sorín parece intentar ubicarlos en su valor exacto, como procedimientos indispensables del lenguaje televisivo y no como el camino más corto hacia la nada.

Pero el programa sumó además un valor agregado con el que todo producto televisivo sueña: sus cuatro bloques fueron muy divertidos. Como en "La era del ñandú", el autor jugó con los propios géneros televisivos. En este caso, con los formatos de investigación, estrellas de los últimos años: un director machucado – el mismo Sorín – intenta explicar al principio de la emisión, cómo llegó a ese lastimoso estado a causa de un producto televisivo. El origen se halla en la demanda del INCAA de hacer un programa para Canal 7 sobre el tema que se le dé la gana. El tiempo pasa, su equipo de producción se pone ansioso y al director no se le ocurre nada. De repente, la iluminación: un programa sobre dobles, personas que se parecen a otras, quiénes son, qué sienten... Es esta la parte más disparatada del programa y donde Sorín se nos revela una vez más como un maestro en la exploración del hombre común. Sin embargo, esta idea no alcanza para sostener el producto. Llega al final y por accidente, alguien - un tal Antonio Bates - que tiene una respuesta para darle. Se trata de un doble descuidado, olvidado en medio del multitudinario casting. La intriga y la urgencia de dar con una historia para contar, lleva al director a protagonizar involuntariamente el papel del detective asesinado en "Psicosis". Antonio Bates es efectivamente un psicótico que se cree doble de Norman Bates, el demencial protagonista de la película de Hitchcock, en las garras de quien caerá el desprevenido director.

Carlos Sorín no descuidó ninguno de los recursos narrativos de la televisión referencial pero puestos al servicio de una ficción. Esta compleja operación no pudo haberse realizado sin un profundo conocimiento del medio que dice desconocer. Pero también – y sobre todo – sin un respeto genuino por el espectador y por su propia persona. Discusión aparte, "Cómo hacer un programa..." instaló una vez más en su obra la reflexión sobre los delgados límites que separan lo documental de lo ficcional y lo "real" de lo representado en la televisión. Pero sobre todo, la inutilidad de esa discusión toda vez que el discurso televisivo es, antes que nada, una forma del espectáculo.

Un párrafo final merece el diálogo entre Carlos Polimeni y el director, inteligentemente ubicado al principio de la emisión, como si ocurriera "por afuera" del programa. Se trató de uno de los esfuerzos más insólitos por "llenar" los 7 minutos que – según confesó Sorín – le faltaron para cubrir los 47 de programa pactados con el INCAA.

Formaron parte del equipo María Rosa Grandinetti (productora), Salvador Roselli y Santiago Colori (guionistas), Leticia Cristi (asistente de dirección), Mario Mahler (casting) y Gustavo Villamagna (productor ejecutivo).

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