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"El principio de Arquímedes", de Gerardo Herrero 05/04/2004 - chc
La última película de Herrero reflexiona sobre la influencia del trabajo en las vidas de dos mujeres. Marta Belaustegui y Blanca Oteyza, protagonistas.
Sinopsis
Sonia (Marta Belaustegui) es una alta ejecutiva del mundo de la moda que apenas tiene tiempo para dedicar a su hijo y a su marido. Rocío (Blanca Oteyza), también casada y con una hija, es vecina y amiga de Sonia. Pese a estar muy bien preparada profesionalmente, Rocío no ha tenido suerte y siempre ha realizado trabajos eventuales. Cada una de ellas intenta conseguir lo que la otra ya tiene, pensando que así lograrán una vida mejor.
Sonia busca tiempo y calma para estar con su hijo, al que últimamente sólo ve en pijama, y Rocío quiere poder, reconocimiento social, independencia económica. Conseguirlo no va a ser fácil porque, como en el principio de Arquímedes, flotar o no flotar no depende sólo de la materia de la que uno esté hecho, sino también del líquido laboral y afectivo en el que intenta nadar...
Notas del director, por Gerardo Herrero
Después de haber conocido a Belén Gopegui con motivo de la adaptación de su novela "La conquista del aire", de donde salió la película "Las razones de mis amigos", le pedí que escribiera un guión, pues tenía ganas de seguir trabajando con ella.
Me habían contado una historia real de dos mujeres con su vida sentimental y laboral. La idea era hacer una historia de sentimientos que hablara de la relación de dos mujeres dando prioridad al conflicto laboral, la necesidad de encontrar un trabajo "fijo" en una, y en la otra, la que ya tiene curro, la de buscar tiempo para cuidar a su hijo, para mantener su relación sentimental.
Trata de ser una película que habla también de la búsqueda de la dignidad en la vida cotidiana. En el inicio de la historia, el personaje Sonia dice: "Dentro de este edificio trabajan 307 personas. Cuando suben y bajan en el ascensor tienen en su cabeza a otras personas, su vida cotidiana…".
Cuando se trabaja en un proyecto, el productor, el director y la guionista hablan, divagan a veces, sobre lo que debe tratar la película. Así, Belén y yo reflexionamos durante mucho tiempo sobre la manipulación que sufren muchos trabajadores en sus centros de trabajo a partir de un personaje que dice: "Pero es que yo quiero que me exploten"; de la necesidad de buscar, encontrar y mantener un trabajo contando que lo contrario de lo personal no es lo profesional, sino lo colectivo; de lo que siente tu pareja, a veces abandonada, cuando llega a casa y no tiene ni el tiempo ni las fuerzas de cuidar, educar a los hijos y mucho menos de atender a su pareja; de cómo se escapa el amor; de cómo se mienten las parejas; de cómo surgen nuevas relaciones y de cómo se esconden los sentimientos.
Queríamos contar que una historia de fracasadas no es lo mismo que una de fracasados, que las perdedoras no tienen el mismo glamour que los perdedores y, al mismo tiempo, darle a la perdedora la entidad de un personaje de carne y hueso.
Hemos tratado de hablar del papel de los sindicatos en nuestros días, del miedo en las empresas, de los despidos, de la seguridad en el puesto de trabajo, de los hijos, de cuando sólo los vemos en pijama, de cómo se distancian las parejas, de cómo nacen otras. De cómo se empieza y de cómo se flota en la vida. "El principio de Arquímedes" es una película sobre una historia demasiado posible.
¿Y si se acaba París?, por Belén Gopegui (guionista)
Posible nueva versión del principio de Arquímedes: "Todo cónyuge, o miembro de una pareja estable, con una trayectoria profesional ascendente experimenta un deseo de abandono a su cónyuge estancado igual en valor al incremento de su sueldo, relaciones y contactos". ¿Así de mecánico? ¿Así de materialista? Seguramente no. Seguramente queda sitio aún en las relaciones de pareja para las grandes palabras. La pregunta es cuánto, cuánto sitio queda todavía.
Hay una clase de cine que desde hace décadas viene ocupándose de ese sitio. Es un cine que ilumina no tanto el otro lado de las cosas como lo que está al borde del otro lado, el reflejo, la sombra, la abertura por donde asoman palabras como belleza, locura, insolencia, muerte y también amor. De él está hecha casi toda la historia del cine y poco hemos de decir.
Hay sin embargo un cine más pequeño. Un cine que no acierta a llegar al borde, al borde del otro lado. Quizá porque no sepa cómo llegar, quizá porque le parezca difícil hacerlo y tenga miedo de elegir un atajo, de hacer trampa. Quizá, a veces, porque no quiera llegar. Es un cine que elige contar lo que está delante. Porque piensa que al mostrar lo que tenemos tal vez sea menos difícil imaginar lo que no tenemos. Porque piensa que vivimos tiempos en donde lo que sobre todo se ha borrado es la añoranza de lo que no tenemos. A ese otro cine pertenece, seguramente, esta película.
Cuenta "El principio de Arquímedes" una historia sobre cómo el trabajo acaba impregnando la vida de las personas hasta el punto de modificar sus relaciones afectivas. Pues aunque en la vida de las personas hay más cosas que su trabajo, en muchas ocasiones el trabajo es el espejo que tienen para verse, aquello por lo que se las conoce, el nombre que reciben cuando se las presenta. Nos habría gustado que fuera también una historia donde la culpa que frente a los hijos crean los horarios desatados de trabajo no la encarnara una mujer. Habríamos querido que la culpa estuviera repartida, y más aún habríamos querido que no estuviera, porque la realidad se hubiese construido de otra forma. Pero hay un cine que habla del otro lado de las cosas, y hay un cine que habla de este lado.
En este cine, exacto, pequeño, anidan a veces personajes como Carmen, como la parte de Carmen que empieza a germinar en Sonia. Personajes que viven en el filo de una frase que escribió Bertolt Brecht: "Siento añoranza y me pongo en camino y mientras marcho, añoro". En este cine, los malos no se justifican sino que apenas nos miran como preguntando qué hubiéramos hecho nosotros de haber estado en su lugar.
Durante la lectura del guión discutimos mucho sobre el final de la película. Había quien decía que era mejor dejar a la protagonista sola y que cada cual imaginara si iba a empezar una nueva relación o si iba seguir sola. No obstante, acabamos decidiendo que eso sí que hubiera sido complaciente, dejar abiertas las posibilidades para que cada espectador creyera lo que quisiera creer. Porque el semáforo está rojo o verde y no depende de lo que queramos creer, porque en las conversaciones con los directores de recursos humanos las personas negocian sus vidas y no depende de lo que quieran creer. Y porque nuestra historia trata de cómo no hay lugares a salvo, ni la libertad ni el amor están a salvo sino que están en medio de la vida diaria.
El caso es que, a pesar de todo, sigue siendo un final extraño en la medida en que a unos les parece feliz y a otros muy triste. A unos les parece esperanzador que la protagonista encuentre una persona con quien sentir añoranza y ponerse en camino. A otros les parece triste que en realidad la protagonista no encuentre a esa persona sino que las circunstancias se la impongan en la misma medida en que le imponen su nuevo horario o su nuevo sueldo. Y otros, por fin, recuerdan que ha pasado mucho tiempo desde que escucharon en Casablanca: "Siempre nos quedará París". Ahora hay días en los que se preguntan: ¿cuánto dura siempre?, ¿y si se acaba París?
Ficha artística
Sonia
Marta Belaustegui
Mariano
Roberto Enríquez
Rocío
Blanca Oteyza
Andrés
Alberto Jiménez
Carmen
Vicky Peña
Nicolás
Manuel Morón
Pedro
Víctor Clavijo
Elena
Paz Gómez
Ficha técnica
Director
Gerardo Herrero
Guión
Belén Gopegui
Productor
Gerardo Herrero
Coproductores
Javier López Blanco
Mariela Besuievsky
Director de fotografía
Alfredo Mayo (AEC)
Montadora
Carmen Frías
Director artístico
Wolfgang Burmann
Música
Lucio Godoy
Director de producción
Josean Gómez
Sonido
Jorge Ruiz
Ayudante de dirección
Javier Petit
Vestuario
Lena Mossum
Maquillaje
Sylvie Imbert
Peluquería
Guillermo Matellano
Casting
Camilla-Valentine Isola

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